viernes, 30 de septiembre de 2016

EL DIFÍCIL CONTROL DE NUESTRAS PASIONES

Enseñanzas de Jesús sobre el dominio de sí mismo.
Por: Margarita María Niño Torres


En esta charla me propongo compartir con ustedes las reflexiones que han venido a mi mente con la lectura de la respuesta de Jesús a las preguntas concretas de Andrés, sobre el tema del dominio de sí mismo. (Doc. 143)
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El tema del comportamiento moralmente bueno, tal como se ha venido enseñando en nuestra sociedad a lo largo de la historia de la expansión de las doctrinas cristianas, hace de "la pureza" la más alta expresión de la virtud moral de una persona y esa pureza se refiere casi exclusivamente a la negación mental y física de los impulsos de nuestros instintos ligados a la vida de la carne, los mismos instintos que han permitido la sobrevivencia de la humanidad.
Este conflicto resposaba sin solución en las conciencias de todos los cristianos hasta hace un tiempo no muy largo y sigue sin cambios en muchas mentes que no conocen la enseñanza de Jesús al respecto; continúa siendo una especie de sombra oscura del alma, como una zona infectada de pecados, sobre la cual siempre pende la ambivalencia entre las exigencias de los instintos y la obligación de negarlas o de cumplir las condiciones establecidas por las autoridades eclesiásticas y familiares y sociales para justificar cualquier exceso en el ejercicio del sexo, entre el deber de la procreación y el deseo del placer, entre el difícil cumplimiento de la virtud y el consecuente temor a la condenación.
Otros excesos como la soberbia para humillar, como el engaño para sacar ventaja de los demás, como la ira y el rencor para buscar venganza... han pertenecido más al ámbito legal que a la moral interior propiamente dicha.
En el siguiente apartado del documento 143, Jesús hace la más nítida claridad sobre el espinoso tema de las pasiones ligadas a la carne contrapuestas a la vida del espíritu, cuando Andrés le preguntó al respecto. Leámoslo atentamente.


143.2. La lección sobre el autodominio
El Maestro era un ejemplar perfeccionado del autodominio humano. Si lo vilipendiaban, él no vilipendiaba; cuando sufría, no amenazaba a sus torturadores; cuando fue denunciado por sus enemigos, se remitió simplemente al juicio justo del Padre en el cielo.
     En una de las conferencias nocturnas, Andrés le preguntó a Jesús: «Maestro, ¿hemos de practicar la abnegación, tal como nos enseñara Juan, o hemos de tratar de adquirir el autocontrol que tú nos enseñas? ¿En qué difiere lo que enseñas tú de lo que enseñaba Juan?» Jesús respondió: «Efectivamente, Juan os enseñó el camino de la justicia de acuerdo con las luces y leyes de sus progenitores, la religión de la introspección y del sacrificio. Pero yo he venido con un nuevo mensaje de autoolvido y autocontrol. Os muestro el camino de la vida tal como me lo reveló mi Padre en el cielo.


     «De cierto, de cierto os digo, que el que sepa gobernarse a sí mismo es más grande que el que conquista una ciudad. El autodominio es la medida de la naturaleza moral del hombre y el indicador de su desarrollo espiritual. En el viejo orden, vosotros ayunabais y orabais; como criaturas nuevas, renacidas del espíritu, se os enseña a creer y a regocijaros. En el reino del Padre habréis de transformaros en criaturas nuevas; las cosas viejas habrán de perecer; he aquí que os muestro cómo todas las cosas se han de renovar. Y por vuestro amor mutuo, convenceréis al mundo de que habéis pasado de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida eterna.


     «Por el viejo método buscáis suprimir, obedecer y conformar a las reglas del vivir; por el nuevo camino, primero seréis transformados por el Espíritu de la Verdad y así vuestra alma se verá fortalecida por la constante renovación espiritual de vuestra mente; de este modo estaréis dotados de la fuerza para hacer con seguridad y júbilo la voluntad misericordiosa, aceptable y perfecta de Dios. No olvidéis: es vuestra fe personal en las extraordinariamente grandes y preciosas promesas de Dios, la que os asegura que participaréis de la naturaleza divina. Así pues, mediante vuestra fe y la transformación del espíritu, llegaréis a ser en realidad, templos de Dios, y su espíritu vive verdaderamente dentro de vosotros. Si el espíritu vive dentro de vosotros, ya no seréis esclavos encadenados por la carne, sino hijos del espíritu libres y liberados. La nueva ley del espíritu os dota de la libertad del autodominio, reemplazando la vieja ley del temor, basada en la autoesclavitud y en las cadenas de la abnegación.


     «Muchas veces, cuando habéis hecho el mal, habéis pensado en culpar la influencia del demonio en vuestros actos, aunque en realidad habéis errado guiados por vuestras propias tendencias naturales. ¿Acaso no os dijo el profeta Jeremías hace mucho tiempo que el corazón humano es engañoso por sobre todas las cosas, y a veces, aun desesperadamente perverso? ¡Cuán fácil es engañaros a vosotros mismos y caer así en temores tontos, deseos arrolladores, placeres esclavizantes, malicia, envidia y aun en odio vengativo!
     
«La salvación se obtiene mediante la regeneración del espíritu y no por las acciones autojustificadas de la carne. Estáis justificados por la fe y acompañados por la gracia, no por el temor y la abnegación de la carne, aunque los hijos del Padre que han nacido del espíritu son siempre y para siempre dueños de su ser y de todo lo que corresponde a los deseos de la carne. Cuando sabéis que os salva la fe, tendréis paz verdadera con Dios. Y todos los que sigan el camino de esta paz celestial están destinados a ser santificados al servicio eterno de los hijos del Dios eterno, hijos en constante progreso. De aquí en adelante, ya no será un deber, sino más bien un gran privilegio para vosotros purificaros de todos los males de la mente y del cuerpo mientras buscáis la perfección en el amor de Dios.


     «Vuestra filiación está fundada en la fe, y debéis permanecer impasibles ante el temor. Vuestro regocijo nace de la confianza en el verbo divino, por consiguiente no dudaréis de la realidad del amor y de la misericordia del Padre. Es la bondad misma de Dios la que conduce a los hombres a un arrepentimiento verdadero y genuino. El secreto de vuestro autodominio está ligado con vuestra fe en el espíritu residente, que siempre labora por amor. La fe salvadora misma no proviene de vosotros; sino que es otro don de Dios. Al ser hijos de esta fe viviente, ya no seréis los esclavos de vuestro yo, sino más bien los dueños triunfantes de vuestro yo, los hijos liberados de Dios.
     «Si entonces, hijos míos, nacéis del espíritu, estaréis por siempre libres de la esclavitud autoconsciente de una vida de abnegación y vigilancia continua sobre los deseos de la carne; seréis trasladados al reino jubiloso del espíritu, en el cual haréis resaltar espontáneamente los frutos del espíritu en vuestra vida diaria. Los frutos del espíritu son la esencia del tipo más elevado de autocontrol ennoblecedor y regocijante, aun el alcance máximo del logro mortal terrenal: el verdadero autodominio».
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Es tan transparente esta enseñanza de Jesús que si la leemos una y otra vez tratando de ser realmente honestos en nuestro deseo de hacer la voluntad de Dios, pronto la fuerza contenida en la verdad así expresada por nuestro Maestro, pasará a nuestro espíritu y nos sentiremos realmente renacidos, con una nueva visión de lo que significa vivir según el evangelio de Jesús.


Tratando de resumir, puede ayudarnos establecer con nuestras cortas palabras los pasos que hemos de seguir para lograr ese control posible de nuestro ser, a semejanza del perfecto autocontrol del Maestro.


1. Para pasar de la religión esclavizante de la negación y vigilancia continua sobre los impulsos de la carne al reino jubiloso de los frutos del espíritu que obtendremos con el verdadero autodominio, tenemos que "nacer del espíritu".


2. Nacemos del espíritu cuando hacemos con toda la fe y la sinceridad que nos son posibles, la elección suprema de identificar nuestra voluntad con la voluntad de Dios y permanecemos fieles a esta decisión.


3. Si hemos nacido del espíritu, entonces naturalmente, sin violencia ni negación esclavizante, el espíritu tomará el control de nuestro ser entero y regocijadamente comenzaremos a vivir como hijos libres de Dios, liberados por la fe del dominio de la carne. Lograremos el equilibrio de nuestros impulsos, semejante al perfecto autocontrol de Jesús.


4. Entonces viviremos sin temor una vida recta y con ella proclamaremos a todos los hombres la realidad del reino del Padre cuya ley suprema es el amor.