sábado, 9 de febrero de 2013

POR QUÉ AGRADECER?

En el transcurso de nuestras vidas tenemos experiencias de recibir ayudas generosas de otros y el sentimiento de gratitud que surge hacia esas personas nos impulsa a demostrarles afecto, respeto, lealtad, y a intentar expresarles cuánto apreciamos su colaboración. En eso consiste agradecer: no es solamente cuestión de decir gracias, sino de afianzar la relación afectuosa entre nosotros y el dador de los dones. Como los actos de un padre bueno generan en su hijo el crecimiento del amor y el deseo de parecerse a él sin necesidad de decirle palabras de agradecimiento.

Nuestra gratitud al Padre por todo lo bueno que ha puesto cerca de nosotros para que alcancemos la felicidad, nos acerca a Él y refuerza nuestra fe en su amor y nuestra seguridad de que llegaremos un día a alcanzar la suprema experiencia de verlo cara a cara. Agradecer a Dios acrecienta en nosotros la fe, nos dispone a la alegría de descubrir su amor en esas manifestaciones de la verdad, de la belleza y de la bondad que siempre están cerca pero en las cuales no reparamos por la obsesión de nuestro egoísmo o el engaño de nuestros juicios acerca de lo que nos conviene.

Dios no es interesado en sus dones ni los retira porque no los agradezcamos. Somos nosotros los que ponemos distancia entre nuestro propio ser y la alegría verdadera y realmente posible en nuestras vidas, cuando nos empeñamos en nuestros fines egoístas y parciales ignorando lo que en estas  mismas vidas se nos manifiesta como indicador de los deseos de quien nos ama con infinito amor, ese Padre que ve todos los caminos que podemos recorrer y desea que elijamos el que más directamente nos conducirá a la ansiada felicidad. Dios desea realmente que seamos felices.

Puede suceder que nos encontremos con que alguien de quien hemos recibido algún beneficio, pretenda de nosotros, con posterioridad al hecho en retorno por el favor que nos hizo, una acción dirigida únicamente a su conveniencia personal. Estas reclamaciones de falsa gratitud que son muy comunes, forman parte de las posibilidades de la condición humana egoísta y falsa, pero jamás algo parecido al cobro de beneficios anteriores nos llegará del Padre que nos ama. Él concede sus dones y jamás se arrepiente de haberlo hecho, aunque sus hijos seamos ingratos. Somos nosotros los que nos alejamos.

Agradecer a Dios es acortar la distancia  entre nuestras vidas con todo lo que tienen de bueno, de alegre, de triste, de difícil,... y la fuente eterna e inacabable de esa agua viva que sacia y refresca por siempre esta alma que a ratos sentimos  maltrecha y dolorida.