miércoles, 21 de noviembre de 2012

LAS AYUDAS DIVINAS

Desde antes de conocer el Libro de Urantia, leíamos en el Evangelio de Juan acerca del Espíritu de la Verdad, el Consolador, que nos sería enviado:

" Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre: el espíritu de la Verdad al cual el mundo no  puede recibir" Jn. 14, 16-17

"Mas el Consolador os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho"  Jn. 14,26

"Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" Jn.16,7-8

Siempre hemos tenido estas bellas palabras a mano, pero, si a otros sucede lo que pasa en mi propia mente, cuando el temor entristece nuestro diario vivir, poco nos acordamos de ese Consolador que nos envió Jesús después de su partida y que nos puede enseñar todas las cosas.

¿Cómo podemos acceder al espíritu de la Verdad?, ¿Cómo podemos obtener su consuelo en medio del desconcierto, el temor y la duda?

El Libro de Urantia en varios lugares nos da información sobre este espíritu de nuestro Hijo Creador.

Traslado a continuación las citas que voy encontrando y algún pensamiento de los muchos que surgen en mi mente al leerlas.

Encuentro en el escrito 20, la primera alusión a la existencia del espíritu del Hijo Creador:
 En 224,3
Los Hijos Creadores parecen poseer una dote espiritual que se centra en sus personas, que controlan y que pueden otorgar, así como vuestro Hijo Creador lo hizo al derramar su espíritu sobre toda la carne mortal en Urantia.

Luego, en el documento 21 explica:
En 241,4
Este contacto (de los Hijos Creadores con todos sus mundos) es mantenido por su propia presencia espiritual, el Espíritu de la Verdad, que ellos pueden derramar sobre toda carne.

Pasando al escrito 34, encontramos la clara concordancia entre este espíritu y el que anuncia el evangelio en las citas del comienzo.

En 377,10  
Los Hijos Creadores están dotados de un espíritu de presencia universal.  Éste es el Espíritu de la Verdad, que es esparcido sobre un mundo por un Hijo autootorgador después de haber recibido el título espiritual para tal esfera. Este don del Consolador es la fuerza espiritual que siempre dirige a los buscadores de la verdad hacia Aquel que es la personificación de la verdad en el universo local. Este espíritu es una dote inherente del Hijo Creador, que procede de su naturaleza divina

El Libro de Urantia alude a tres presencias espirituales de apoyo para cada ser humano: el Espíritu de la Verdad o Consolador, don del Hijo Creador; el Espíritu Santo, don del espíritu materno del universo y el Modelador del pensamiento o espíritu interior que reside en la mente, don del Padre para cada uno de sus hijos mortales.

Las enseñanzas recibidas dentro de las diferentes confesiones cristianas no distinguen estas presencias y las convierten en una sola que identifican con el Espíritu Santo.

En 380,1
 La presencia del Espíritu Santo del espíritu materno del universo, del Espíritu de la Verdad del Hijo Creador del universo y del espíritu modelador del Padre del Paraíso con un mortal evolutivo o en él, le capacita para comprender conscientemente el hecho de fe de su filiación de Dios.

Detengámonos en un párrafo del escrito 34, que nos puede dar claridad sobre el camino para lograr el consuelo y la enseñanza del Espíritu de la Verdad.


En 379,5
 Aunque el Espíritu de la Verdad se derrame sobre toda carne, este espíritu del hijo creador está casi enteramente limitado en su acción y capacidad por la propia receptividad personal del hombre hacia lo que constituye la suma y la substancia de la misión del Hijo autootorgador.

Entonces, el consuelo y la enseñanza del Espíritu de la Verdad no nos pueden llegar si no somos conscientemente receptivos a lo que constituye la suma y la substancia de la misión del Hijo Creador cuando se encarnó en Urantia, o sea al mensaje de la amorosa paternidad de Dios hacia todos los hombres y de la consiguiente fraternidad humana.

Podemos concluir que ese consuelo y enseñanza del Espíritu que Jesús nos prometió, nos llegarán sin dudarlo si nos esforzamos por ajustar nuestra vida de cada día a la fe y confianza absoluta en el amor del Padre y a la búsqueda de formas de servicio fraternal a nuestros hermanos.

En próximas entradas trataré de explicar las acciones respectivas de los otros dos espíritus divinos que nos ayudan.